Este domingo nos acerca un mensaje muy cercano para nuestra vida y la intención desde donde hacemos las cosas: Dios bendice a quien se entrega sin medida. Esa bendición se llama providencia: Dios no abandona a quien pone en él su confianza por encima de la lógica humana de los límites a la entrega.
Coincide este domingo con la fiesta de San Martín, el soldado romano que partió su capa con el pobre, aquel que fue bendecido por su generosidad viendo a Cristo vestido con la mitad de la capa que había entregado. Cuando compartimos y ofrecemos lo que somos y tenemos, no sólo lo recibe alguien con un DNI, alguien concreto, algo de que por si ya es hermoso, es Cristo quien lo recibe: A mí me lo hicisteis...
En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo,
trigésimo segundo del tiempo ordinario, encontramos, efectivamente, a la viuda
pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que esa anciana mujer realiza
al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto
que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: «el
óbolo de la viuda» es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo
poco que posee.
También a nosotros Jesús nos dice: Mirad bien lo que hace
esa viuda, pues su gesto contiene una gran enseñanza; expresa la característica
fundamental de quienes son las «piedras vivas» de este nuevo Templo, es decir,
la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al
igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en
las divinas manos por el bien de los demás. Este es el significado perenne de
la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos,
quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que
tenía para vivir, y así se da a sí misma.
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