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domingo, 11 de noviembre de 2018

PENSAR Y ORAR EL DOMINGO XXXII, DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA


Este domingo nos acerca un mensaje muy cercano para nuestra vida y la intención desde donde hacemos las cosas: Dios bendice a quien se entrega sin medida. Esa bendición se llama providencia: Dios no abandona a quien pone en él su confianza por encima de la lógica humana de los límites a la entrega.

Coincide este domingo con la fiesta de San Martín, el soldado romano que partió su capa con el pobre, aquel que fue bendecido por su generosidad viendo a Cristo vestido con la mitad de la capa que había entregado. Cuando compartimos y ofrecemos lo que somos y tenemos, no sólo lo recibe alguien con un DNI, alguien concreto, algo de que por si ya es hermoso, es Cristo quien lo recibe: A mí me lo hicisteis...

En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo, trigésimo segundo del tiempo ordinario, encontramos, efectivamente, a la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que esa anciana mujer realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: «el óbolo de la viuda» es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee.

También a nosotros Jesús nos dice: Mirad bien lo que hace esa viuda, pues su gesto contiene una gran enseñanza; expresa la característica fundamental de quienes son las «piedras vivas» de este nuevo Templo, es decir, la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las divinas manos por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir, y así se da a sí misma.

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domingo, 4 de noviembre de 2018

PENSAR Y ORAR EN EL FINAL DE ESTE PUENTE: AMAR ES VIVIR


Una cuestión de amor

Acaba este puente que en Zaratán nos ha enlazado a tantas cosas: recuerdos de nuestros seres queridos, tradiciones, también la fiesta: su colorido y sonrisa. Festejamos en tradición: salchichas, encierros, música y baile. Quizá todo ello contrasta con la impronta cristiana de estos días: el recuerdo de nuestros difuntos, nuestra plegaria en el cementerio. ¿Somos la nota melancólica en medio del bullicio de estos días? Si así fuese, o si así es, no estaría mal iniciar un debate en creatividad para transmitir sentido a estos días.

A la tarde colgaremos las máscaras y maquillaje, mañana volverán los chándals, las botas y quizá la bufanda. Mañana volveremos a sentir que estamos sujetos a rutinas y normas. Sí, todos estamos sometidos a normas y leyes. Hay reglas para organizar el tráfico, la vida en las ciudades, las relaciones entre las empresas y muchas otras cosas.  La liturgia de este domingo nos recuerda que también hay muchos mandamientos en la Iglesia. Sucede hoy y ya sucedía hace muchos años. Por eso el evangelio nos presenta a un escriba que se acerca a Jesús. Quiere saber, cuál es el más importante de todos los mandamientos. La respuesta de Jesús es clara: lo más importante es la relación con Dios y con los hermanos. Esa relación es la misma en ambos casos. Debe ser una relación de amor. 

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domingo, 28 de octubre de 2018

PENSAR Y ORAR EL DOMINGO 28 DE OCTUBRE, XXX TO


Cuando en los Evangelios se da el nombre de un personaje al que Jesús hace el bien, es porque, con mucha probabilidad, esa persona pasó a formar parte de una comunidad cristiana. Por eso el evangelista conoce su nombre. El pasaje de hoy nos habla de otra conversión que tuvo lugar en Jericó. Es la del ciego Bartimeo, quien, como Zaqueo, también quería conocer a Jesús. Pero, en este caso, no se subió a un árbol, sino que se puso a vocear con todas sus fuerzas para llamar la atención. Y lo consiguió: Jesús, que estaba saliendo de la ciudad, se paró y pidió a sus discípulos que le trajeran a esta persona. 

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Y entonces Bartimeo hace una cosa muy importante: «soltó el manto», que, probablemente, era casi lo único que poseía. Es decir, no tuvo reparos en quedarse sin nada para poder ver a Jesús. Y Él también se dio cuenta de eso. Jesús vio que Bartimeo fue capaz de desprenderse de todo con tal de verle. 

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