El pasado sábado saltaba a los MCS la noticia del proyecto de sacrificar en Argentina a 100.000 castores. Habían sido importados de Canadá en los años 50 y aquellas contadas parejas hoy se han multiplicado hasta el punto de haber cambiado el curso de ríos, anegar tierras al acumularse el agua en otras zonas y haber convertido en un erial zonas boscosas. (La imagen que acompaña el artículo habla por sí misma, un desierto que se amplía año a año).
¿A quién y cómo salvar, puede ser posible que el árbol y arroyo conviva con el castor? Las voces críticas de colectivos ecologistas han alertado de la pretensión de acabar con los castores sin más consenso. Seguro que a todos nos gustaría hallar una solución de respeto, ni las decisiones unilaterales ni la inactividad traerán una solución.
Como este hecho, la vida misma se muestra tozuda y quien quiera
cambiarla debe entender el oficio de herrero que para forjar el duro metal
tiene que recorrer un proceso que, por su tenacidad, supere la resistencia del
metal al cambio. Es un oficio bonito, pero difícil. Como difícil es mantenerse
en el compromiso por un cambio que busca humanizar el mundo. Por eso
necesitamos personas como los profetas.
Los profetas la anuncian
La profecía es una reflexión que,
a partir de los acontecimientos que van ocurriendo en la historia, aprovecha
para abrir paso a una profunda esperanza que motiva y mueve a seguir trabajando
en ese proyecto que es el Reino de Dios, un modo de vida que nos humaniza a
nosotros y, con nosotros, al mundo.
No es una corriente de ingenuos, ni de utópicos-ilusos,
tampoco de agitadores políticos. Es, más bien, una corriente de custodios de la
esperanza a la que cuidan. La fundamentan en una religiosidad profunda porque,
ellos dicen, solo en Dios puede encontrar una buena base la esperanza que
aguante la vida.
Pero conocen, también, nuestra tendencia al desánimo,
unos por comodidad, y entonces su lenguaje es de denuncia y crítica para
sacudir nuestra poltrona; otros es por cansancio, entonces su lenguaje adquiere
unos niveles de sentido poético, como el de hoy de Isaías, para meternos por
los ojos de la belleza plástica el ideal posible de un mundo en convivencia: si él anunciaba el consenso entre el cabrito y la pantera ¿por qué no el castor y el bosque?
Y la mantienen
Los profetas mantienen la esperanza de los pobres, les hablan con ternura y hablan con radicalidad a quienes usurpan la esperanza de los débiles.
Juan Bautista es el último de los que anuncian la venida
histórica del Mesías, el gran nombre con el que designaban a quien traería la
esperanza al mundo. Lo proclama con un sentido de inminencia para prepararse ya
a recibirlo. Sin preparación es poco probable que se le capte.
Por eso, Juan Bautista es, para nosotros como el
anunciador de la inminencia existencial. Porque Jesús ya vino a la historia,
pero está por venir a la experiencia vital de muchos que no se han dado cuenta
de su importancia para nuestra vida de cada día. Él nos trae la esperanza de
otro mundo más humano. Y a ver como se vive sin esperanza.
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