
La segunda parte de la Cuaresma (domingos tercero, cuarto y
quinto) cada uno de los Ciclos tiene un tono propio marcado por los Evangelios
que se leen en ellos: el Ciclo A tiene un tono Bautismal (se inicia un proceso
catecumenal que culmina con el bautismo en la noche de Pascua), el Ciclo
B incide más en el camino de la Cruz, y el actual Ciclo C insiste en la
necesidad de la conversión y por eso en los próximos domingos –el hijo pródigo
y la adúltera- nos presentarán, desde distintas perspectivas, la misericordia
de Dios y también la nuestra.
La Cuaresma viene a ser como un signo sacramental de esta
conversión. Es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y
concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social,
poniendo en práctica las clásicas armas que nuestra madre la Iglesia pone a
nuestra disposición: el ayuno (encuentro con nosotros mismos), la oración
(encuentro con Dios) y la limosna (encuentro con nuestros hermanos).
Alguien ha dicho que la conversión es “ponerse de cara a
Dios” para ver reflejada nuestra realidad de pecado y poder corregir el camino
equivocado. Pero lo primero que necesitamos es saber quién es y cómo es
el Dios en el que creemos. Este deseo de conocer de verdad a Dios nos viene
dado a través de lo que Dios ha manifestado al hombre a lo largo de la
historia del Pueblo de Israel y a través de lo que Jesús nos reveló sobre su
Padre Dios.









